viernes, 6 de abril de 2007

... me hubiera gustado pasear con Cioran por el Parque de Luxemburgo


En París hace frío, como siempre, y los dos estamos moqueando. Le paso unos caramelos de menta para la garganta, "milagrosos, de cazalla de la sierra, querido amigo", con la advertencia de que son antiafrodisíacos ("uno de esos efectos secundarios que tiene todo lo bueno de la vida..."), aguantándome las ganas de reir y preguntándome qué coño habrá entendido de lo que le he dicho, porque se ha quedado mirando la bolsita con los ojos en blanco, como dudando si dárselos primero a probar a alguna paloma o metérselos directamente en la boca, para no quedar como un cobardica ("estos españoles, tan cabritos como de costumbre, vacilando al personal", pensará). De pronto, aguzando el oído, me dirá que cerca debe de haber una iglesia porque oye música de Bach, y mientras nos encaminamos a resguardarnos en ella arrojará disimuladamente los caramelos en un charco.

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